Anatomía de una llama
Sigo meditando, cada mañana. Aún de madrugada, enciendo una vela y me siento frente a ella y dejo que suceda, todo, fuera de mí, o que no suceda nada, dentro de mí. Tanto más da, mientras pueda permanecer sentado, en la silla de escritorio, mecido por un viento que es, de todo, menos imaginario. La pequeña llama me acompaña. Se convierte en el centro del mundo, del universo, de todo el tiempo y el espacio. Le doy las gracias. A veces, cuanto de cero hasta veintiuno, y vuelta. A veces, me centro en la punta de mi nariz, me quedo allí un rato. No sucede nada especial, es lo habitual. Pero con el tiempo vas reconociendo pequeños cambios, que tienen que ver con la quietud, la calma, la paciencia, la verdad... Medito, cada mañana, pero a pesar de la ironía de lo que voy a decir, no me gusta hablar de meditar. No me gusta compartir experiencias con otros meditadores, ni mucho menos convencer a no meditadores de que lo hagan. No veo que el objeto de una cosa ni de la otra. No sirve. Es una experiencia personal, a la que tienes que llegar por ti mismo. A pesar de ello, he tenido la osadía de escribir un libro sobre esta experiencia. Yo estaba atravesando una crisis de las recias, de las que tienes una o dos, a lo sumo, en la vida. Una de esas que te saca del partido. Y este espacio, esta conversación de pocas palabras con una lengua de fuego (mi breve incendio controlado) me ayudó a salir de ese lugar.
A veces me preguntan << Pedro, ¿Por qué libro empiezo? ¿Cuál me compro primero?>> Y yo, cierro los ojos e imagino que le respondo << Deberías leer primero Anatomía de una llama>>. Pero cuando abro los ojos no digo nada. No compres ninguno. Definitivamente, no sé vender libros de poesía. Pero medito, cada mañana. Y escribiendo. Esto también lo hago.

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